Con infinito cuidado, recogió un poco de negro con la punta del pincel y trazó una línea que separaría finalmente la realidad del reflejo del agua. Satisfecha, limpió el pincel y se incorporó para contemplar su obra.
Entre tonos ocres y largas hierbas primaverales, una casa veraniega se alzaba en la orilla de un lago grande y profundo. En el reflejo del agua podían verse los contornos difusos del bosque cercano, mientras el azul de un pequeño velero se fundía delicadamente con el paisaje. Su única vela lucía erguida y orgullosa, liberada de sus ataduras, y todo el dibujo transmitía paz y tranquilidad.
Increíble. No hacía ni dos horas, ella misma había pensado que sería una locura intentar hacer un proyecto semejante, y había estado segura de que el único resultado que iba a obtener sería el de una confusa mezcla de colores hechos un burruño ininteligible. Finalmente y a instancias de su profesor se había decidido a hacerlo, y poco a poco su sensación había pasado del miedo a estropear una hoja tan perfectamente blanca a la de querer llenar aquella blancura con una historia de vida propia.
Y lo había hecho.
Pensativa, su mente evocó la hermosa casa de verano a la que había ido con sus primos hacía ya más de tres años. Como había cambiado todo, se dijo con tristeza. Ya apenas los veía, y cuando lo hacía todos estaban demasiado preocupados como para querer hablar de nada.
El mundo estaba en crisis, y la gente lo sabía. Y no se trataba de una crisis económica, sino de una crisis de pensamiento: las personas no avanzaban, los jóvenes se quedaban en sus casas y los tiempos de lucha y voluntad se habían perdido como si nunca hubiesen existido. Se habían evaporado.
Repentinamente cansada, se preguntó si el mundo siempre había tenido ese aspecto apagado. Se dio cuenta de que no era posible. Quizás fuese ella la que había cambiado, a lo mejor era ella quien ya no encajaba en aquel lugar. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? Al fin y al cabo aquel lugar era su mundo, su hogar.
Aunque ya sabía la respuesta. En el fondo, sentía que ella jamás había encajado allí, que su lugar no estaba entre las risas y la inocente alegría de sus compañeros de clase. Ni siquiera estaba en su casa, junto a su familia. Tampoco en la calle, con sus amigos de siempre.
A través de la ventana, la lluvia golpeaba suavemente los cristales. No, se dijo. Aquel no era su hogar, y nunca lo había sido. Sus ojos se estrecharon y sus labios dibujaron una extraña mueca. Nunca le había gustado llegar a esa conclusión, porque de ahí surgía siempre la misma pregunta. Entonces, ella tenía que recordarse amargamente que desconocía su respuesta.
Porque si aquel no era su hogar, ¿cuál era?
La lluvia, insistente, seguía golpeando el cristal. Su golpeteo rítmico sonaba como una llamada, pero la ventana se mantenía firme, cerrándole el paso. La chica bajó nuevamente los ojos hacia el papel. De pronto, su pequeño mundo de acuarela ya no le parecía tan perfecto.
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