Mi alma siempre estará unida a ti por tu música. Vaya a donde vaya, tú habrás tejido parte de quién soy, porque tus canciones hablan de los árboles, del sol, de la vida y de los hombres, y son tan bellas como el más hermoso de los soplos de viento.


Por qué ser voluntario cuando sabes que nada depende realmente de ti


          Una de las cosas que más me impedía en el pasado participar en cosas solidarias era el pensar que nada de lo que yo pudiera hacer resultaría en un cambio relevante en lo que yo quería cambiar. Los problemas eran tan grandes e involucraban a tantas otras personas, que sin la acción simultánea de al menos la mitad de la humanidad no tenía sentido siquiera intentarlo.

          Yo lo veía muy claro: el problema eran la sociedad, los poderosos y los políticos, cuyas decisiones eran la fuente de que no se hicieran progresos y a veces incluso de los propios conflictos. Las leyes viejas y las conductas despreocupadas que nadie cambiaba. ¿Qué podía hacer yo con eso? Aunque consiguiera cambiar una ley, hacer que mucha gente apoyase a un partido o desacreditar a alguien problemático, sería una gota de agua en un desierto. Así que realmente, lo que es YO, no podía hacer absolutamente NADA para cambiar las cosas.

          Por eso no me parecía importante reciclar, votar al partido más humano, estar bien informada o dedicar tiempo y dinero a las ONGs, y evitaba pensar en problemas que no podía solucionar. Tenía claro que iba a dedicar bastante tiempo libre al voluntariado en un futuro, pero tenía igual de claro o más que yo no tenía nada que ver con el curso de los acontecimientos futuros.

          Pero un día, charlando con un amigo, cambié de opinión. Yo le comentaba que para mí no había acciones buenas o malas, solo consecuencias buenas o malas. Por ejemplo: a mí no me parecía mal insultar a alguien, pero no me gustaba la consecuencia habitual de que esa persona se sintiera mal, así que no lo hacía. Tampoco me parecía mal matar a alguien, pero me desagradaba que esa persona muriese como consecuencia. Y por esa regla de tres, reciclar o votar me daba igual, porque mi sola contribución no iba a evitar que los océanos estuvieran llenos de basura o que el partido menos agradable subiera al poder.

          Como podéis imaginar, a él no le gustó nada mi respuesta. Empezó a plantearme diferentes situaciones extremas para intentar rebatir mi punto de vista y finalmente me dijo: ''Así que, si yo te diera a elegir entre vivir en un mundo normal, y vivir en un mundo que por dentro estuviera lleno de basura ¿te daría igual en cuál vivir si la basura del segundo no fuera a influir en modo alguno en tu vida? ¿Si no la fueras a ver, oler o tocar jamás, y simplemente supieras que está ahí? ''. Ya con la marcha puesta yo iba a contestar que sí, pero me di cuenta de que realmente me desagradaba la idea. Vivir encima de un montón de basura gigantesco me parecía feo, y aunque yo no fuera a notarlo en ningún aspecto de mi vida, sabía que no quería. Finalmente se lo dije, e indagando ambos sobre mis propios sentimientos al respecto, descubrí por qué: Porque vivir en un mundo lleno de basura, aunque no fuera a afectarme en ningún sentido, me parecía menos bonito que vivir en un mundo como el nuestro.

          He dado un rodeo quizá muy largo al tema, pero para mí ese momento fue crucial. Porque me di cuenta de que no sólo me importaban las consecuencias, los resultados, lo que al final veía y sentía, sino también la idea que tenía del cuadro en general. Me di cuenta de que me gustaba más vivir de un modo y no de otro, no porque fuera a conseguir cosas diferentes con ello, sino porque me parecía más bonito, me agradaba más vivir así.

          De ese modo, empecé a elegir vivir como yo quería vivir y no para lo que yo quería conseguir viviendo. Y esto ha sido fundamental para mí.

          Porque hoy en día aún soy consciente, como antes, de que YO por mí misma no puedo hacer NADA relevante para cambiar las cosas. De que puedo aportar mi granito de arena, pero que sin los otros millones de granitos de arena nada cambiará. De que aunque yo aporte mi parte, si el resto no lo hace no servirá de NADA, habrá exactamente CERO consecuencias.

          Pero, no como antes, ahora vivo como me gusta vivir. Y me hago preguntas nuevas. En vez de: ¿quién quiero yo que gobierne?, me pegunto: ¿a quién quiero yo apoyar con mi voto?. En vez de: ¿quiero yo que talen más árboles?, me pregunto: ¿quiero mandar este papel a un vertedero o a que lo reutilicen?. En vez de: ¿quiero que muera gente?, me pregunto: ¿quiero dedicar tiempo a contar a niños en colegios que hay gente que muere, para que no sientan que la cosa no va con los que vivimos bien?

          Aunque tenía respuesta para las preguntas que me hacía antes, no podía hacer nada para conseguir lo que quería, porque lo que quería no dependía de mí. Pero teniendo la respuesta a las preguntas que me hago ahora, puedo vivir como quiero. Toda persona que quiera cambiar las cosas, cambiarlas de verdad, tiene que ser consciente de que no lo va a conseguir, porque no depende sólo de ella y somos muchísimos en este planeta. El mundo cambiará poco a poco y, por desgracia, se perderán muchas vidas hasta que cambie del todo. No podemos hacer nada al respecto.

          Pero tiene sentido vivir como uno quiere vivir. Elegir formar parte o no de las personas que se encaminan hacia la dirección de cambiar las cosas. No tenemos más que eso, pero de alguna manera es fundamental: miles, millones de personas como nosotros serán los que vayan propagando las ideas nuevas, los que empiecen el cambio que se irá extendiendo poco a poco hasta que la decisión de toda la humanidad haga que se acaben las injusticias extremas y podamos vivir todos bien y en paz. Nosotros solos no podemos cambiar las cosas, pero sin gente como nosotros que luche por cambiarlas el cambio es imposible. La pregunta es, ¿Qué manera de vivir, que camine en qué dirección, prefieres? ¿Cómo quieres vivir tu vida? ¿A qué cosas o personas quieres apoyar para que prosperen, y a qué no?

          Dicen que lo más bonito de los viajes no es el final, sino el camino. Tu camino puede empezar a cambiar el mundo.

          Y al final, llegaremos a donde queremos, algún día. Cuando aprendamos a caminar todos juntos.  

Dentro de la montaña

         Hoy he estado en una cueva preciosa. Iba con mi hermana en una tabla de paddle, y mientras dirigía yo y ella permanecía sentada fuimos acercándonos a la entrada con cuidado de no dejarnos arrastrar por el viento hacia las rocas.

          Una vez dentro, controlar la dirección y velocidad de la tabla fue mucho más fácil. A medida que íbamos profundizando en la cavidad la luz disminuía y el sonido del mar embotellado en la cueva iba aumentando. Remando despacio en ese estruendo creciente, bajo rocas que casi tocaban mi cabeza, me sentí como un explorador de un mundo desconocido.

         Normalmente no me habría acercado tanto al final con el ruido tan terrible que procedía del fondo de la cueva, pero decidí seguir poco a poco. Con la adrenalina descargándose suavemente por mis venas, continué remando hasta el estanque donde desembocaba el camino de agua. Nos quedamos allí un buen rato, en silencio, temerosas ante el ruido que sólo era ruido pero que parecía mucho más: el mar recordándonos que es libre y salvaje, la piedra presente y más vieja que el tiempo.


           Un viaje emocionante, y un recordatorio de que a pesar de las verjas y el asfalto vivimos en un mundo extraño dominado por una naturaleza invencible.

El día del oyente

               
                Cuenta una vieja leyenda que en una antigua ciudad hindú se mantenía una extraña tradición: un día concreto del año, al despuntar el sol, todas los habitantes de la ciudad tapaban los espejos de sus casas con telas y preparaban dos cazos pequeños de barro -uno con pintura blanca y otro con pintura marrón- antes de salir de sus hogares.

                A lo largo de ese día en que realizaban vida normal, los ciudadanos portaban consigo ambos cazos, y siempre que se encontraban con un conocido suyo se detenían a su lado para realizar un ritual. Sentados frente a frente, uno de los dos cerraba los ojos y depositaba sus cuencos a ambos lados de sus piernas. Entonces, el otro se manchaba un dedo en uno de los pigmentos y marcaba la cara del contrario: blanco si consideraba que esa persona solía escuchar verdaderamente a los demás, y marrón si sentía que -desde su propia experiencia con ella- ocurría todo lo contrario. Después de limpiarse la mano con algo de agua, el que había pintado ya cerraba los ojos y todo volvía a repetirse a la inversa.

                Al no tener durante ese día la posibilidad de verse reflejados en ningún espejo, todos los habitantes de la ciudad podían ver en el rostro de los que por su lado pasaban lo que los demás opinaban de cada individuo, pero desconocían qué llevarían ellos mismos en el rostro y quiénes de sus seres queridos pensarían unas u otras cosas de ellos. Y había un detalle más: antes de cubrir los espejos por la mañana, cada persona había elegido uno de los dos pigmentos para pintarse el centro de la frente y rodearlo de un círculo rojo: todo el mundo podría ver en las caras del resto la opinión propia de cada uno, y el posible contraste o alineación de esta opinión con la del resto de sus allegados.

                Al acabar el día, cada individuo retiraba la tela de un espejo y, a solas, estudiaba su rostro marcado.

                Los que no se tenían por buenos escuchadores, pero veían en su rostro muchas marcas blancas, aprendían que debían escucharse más y más profundamente a sí mismos. Los que se sabían abiertos y respetuosos, y veían un acuerdo con sus pintores, sentían más intensamente la unidad con ellos y con su propia identidad. Los que se pensaban egocéntricos y descubrían lo mismo en el resto de su cara, podían bien alegrarse por su autoconocimiento, bien reflexionar sobre un posible cambio en su modo de relacionarse. Los que pensaban que sabían escuchar pero habían sido marcados con la sordera, ya estaban empezando a escuchar al contemplar en el espejo las opiniones ajenas.

                En esa ciudad la tradición era sagrada y venerada por todos sus habitantes. Aunque exponía al exterior las debilidades de las personas que allí moraban, el dolor y la posible vergüenza tenían el sabor sanador del crecimiento personal y el conocimiento de uno mismo. Siempre al día siguiente, un halo de humildad y buenas intenciones cubría las calles. Los niños se portaban mejor y los adultos sonreían más, y casi en cualquier lugar podía encontrarse una mano amiga o un rostro desconocido amable, más dispuesto que el año anterior a abrir su mente y su corazón al resto.



Corazones que se hablan

           Hoy mi hermana estaba bastante alicaída, en una de esas rachas que todos pasamos alguna vez en que no nos apetece ver a nadie ni hacer nada en concreto. Hace un rato se subió a la bohardilla y dijo que pasaría la noche ahí arriba. Pasados un par de minutos subí yo para escanear un par de documentos, y me encontré con su amigo de pie en medio de la habitación, a su lado. Había venido a darle una sorpresa y había causado lo que ninguna otra cosa hubiera podido provocar: sacarla de golpe de su estado de apatía e incluso ilusionarla, con lo inesperado de su visita. Sin esperar ayuda alguna, pero sin duda necesitándola, le habia caído del cielo una mano amiga.

            Después de saludarle y bajar he seguido trabajando en mis páginas, y mientras oía reír a mi hermana con la alegría sincera de quien se siente genuina y agradecidamente feliz, también me he dado cuenta de que su forma de hablar era diferente a la que yo conocía hasta el momento: parecía más confiada, segura de sí misma y cómoda de lo que la había visto yo en los más de 15 años que llevo conviviendo con ella.

            Y cómo no, era de esperar. Es con los amantes y las parejas con quienes realmente nos permitimos ser como realmente somos, con quienes nos encontramos en nuestro elemento, nos sentimos escuchados y nos gusta dar rienda suelta a nuestra forma de ser más personal. Fuera de ese vínculo especial siempre estamos atentos a las palabras, siempre acomodándonos al otro y construyendo un lenguaje mutuo para poder entendernos. En las relaciones íntimas, en cambio, cada uno aprende a hablar el idioma de su compañero. Se crea al final un terreno común que no es sólo un puente sino que acaba formando parte de los dos: un espacio en el corazón de cada uno para el otro, un hogar acogedor.

              Jamás podremos conocer a las personas tal y como desean ser en su más profundo yo, en su plena desnudez, en su máxima elocuencia. Eso es terreno de cama, de amantes y de mil noches dedicadas con el corazón abierto en mano. Cada uno tiene un tesoro dentro. El destello vivo de su alma, único e irrepetible que, por suerte o por desgracia, permanecerá siempre escondido a los ojos de casi todos los demás.

El camino


¿Por qué hay personas que, conociendo nuestros sueños y el siguiente paso que debemos dar para estar en el camino de nuestra felicidad, preferimos seguir como estamos? ¿Qué ventaja podemos obtener de eso?

Sabiendo que en un pasado escogimos el camino correcto, que nos sentimos plenos y felices por ser conscientes de nuestra responsabilidad como líderes y gobernantes de nuestra vida, elegimos dejar de vivir así.

¿Es porque olvidamos cómo se siente ser felices? Es imposible recordar lo que se siente al llevar la vida que uno quiere llevar realmente, por difícil que sea, y elegir hacer cualquier otra cosa. Yo lo sé bien. Entonces, ¿es eso? Y sabiendo que hemos olvidado, ¿por qué elegir no recordarlo?

Sabemos que hemos olvidado, pero no queremos recordar porque en el fondo ya dudamos de que lo que sentimos en aquel momento pueda volver, o que sea tan gratificante como lo que está en nuestra memoria.

Como vivimos en el ''ahora'' y el ahora no está en verdad tan mal, no es tan horrible y no es ni mucho menos insoportable, volvemos a plantearnos que no hay por qué complicarse la vida. Y es verdad, no hay por qué. Ese es el problema.

Es más fácil, me parece, intentar vivir plenamente y comprometerse con uno mismo cuando la opción de no hacerlo conduce a consecuencias realmente desagradables. Cuando vivimos centrados y las cosas mejoran, empieza a peligrar nuestro compromiso. Son esos momentos los verdaderamente delicados, en los que la mayoría abandonamos: cuando tienes ganas de dejarlo y ves que no sería tan malo en ese momento, cuando ya te has hecho un sitio, una rutina, un lugar cómodo y acogedor.

Progresar, avanzar, requiere esfuerzo y voluntad constantes. Tomar decisiones y modificar el rumbo continuamente, estar alerta y despierto frente al mundo todo el tiempo.

Es el precio de la autorrealización. No es un precio real, pero desde la ilusión del bienestar estático y las trampas que nos tendemos a nosotros mismos, es un precio demasiado alto. Hay que salir. Para salir, no basta darse cuenta, como ya se ha dicho, sino que hace falta voluntad. Reconectar voluntariamente con el sentido de la vida de uno mismo.

Para ello, creo que hacen falta dos cosas: lo primero, una inspiración venida de fuera; un recuerdo, una reflexión particular, un párrafo especialmente propicio en un libro, una sensación al vivir una experiencia concreta. Algo que dé vida al conocimiento de que el camino correcto es otro, que convierta el saber en sentir, en desear el cambio aunque sólo sea mínimamente.

Lo segundo, elección propia. Sin esto último no se puede volver al camino de ninguna manera. Ya pueden muchas cosas inspirarnos, que sin nuestra voluntad de seguir esa inspiración nos quedaremos donde estamos, viendo desaparecer el cosquilleo y la conexión momentánea con ese sentido más profundo de nuestro ser.

Dicen por ahí que meditar es el arte de volver al camino. Quizás ser feliz, al menos para mí y por ahora, sea lo mismo.



Human Bodies


Todas las figuras y secciones anatómicas que estaban allí eran reales, humanas, conservadas con un tratamiento especial que mantenía la mayor parte de sus características morfológicas intactas. Había cuerpos enteros, decenas de ellos, dispuestos en diferentes posturas a lo largo de la exposición, con sus distintos órganos expuestos para que el público pudiera ver bien su anatomía.

Cuerpos enteros.

De pie, sentados, en posturas propias de correr, nadar, pensar, dormir. No sé si podría transmitir bien lo que eso significa. Cuerpos humanos completos y desnudos, todos con los ojos, de cristal o propios, abiertos y mirando al frente.

Significa que al ponerme yo delante, en el centro de su mirada inerte, estaba frente a lo que había sido en algún momento una persona. Frente a su cara, la cara de verdad de ella, sus labios y sus cejas, sus pómulos y su piel reales. Los músculos de su sonrisa, que tantas veces se habrían contraído para expresar alegría o goce, sus lacrimales, que tantas otras habrían segregado lágrimas de tristeza y pesar. Las manos y la piel que habría usado para escribir o manejar cosas, para estrechar a amigos y familiares, para chocar los cinco. La cara que otras personas habrían besado antaño con amor y que había tenido una identidad: la imagen y rostro del alma de alguien.

Dios. Ahí, delante de mí, para siempre ya silenciosos los músculos, quietos los huesos, muertos los ojos que no volverán a ver, de decenas de cuerpos con nombre, historia y pasado humano. Hermanos míos de sangre, desconocidos en vida y en muerte. Alguien tenía que reconocerles, que llorar por ellos, que dedicarles un momento de recuerdo y respeto en mitad de aquella multitud que sólo veía conocimiento e interés material en sus cuerpos.

En la sección de fetos y fases del embarazo, había una mujer entera, con su útero y su pequeño bebé no nato a la vista, que había muerto embarazada. Podía imaginar perfectamente su ilusión por ser madre, sus miedos, sus peculiaridades como persona, la vida en potencia del feto que no había llegado a producirse.

La exposición estaba repleta de carcasas vacías de lo que antaño habían sido personas como las que en ese momento las contemplaban. Con sus sueños y deseos. Seguramente ninguna deseaba morir, ni acabar allí tan pronto. ¿Por qué nadie pensaba en eso? Yo no podía ver más allá de la aplastante realidad de que esos cuerpos muertos latieron hace nada con ilusión y ganas de vivir y experimentar, querer y jugar.

Y aun ahora sé que verlo así ha sido por entero mi elección. Podría haber escogido una mirada práctica, de médico, de físico, de estudiante, y en su lugar escogí la empatía y la conexión más humana que podía tender hacia esos cuerpos. Quería estar con ellos, hacerles compañía y entender, en medio de su soledad en esa fría exposición, su sentido como antiguo rostro, hogar y parte de otras personas tan hermosas y valiosas como yo.

Os he visto, a todos vosotros. He recordado hoy que una vez hace no mucho, junto a muchos otros que ya no están, estuvisteis vivos entre los demás.