Dentro de la montaña

         Hoy he estado en una cueva preciosa. Iba con mi hermana en una tabla de paddle, y mientras dirigía yo y ella permanecía sentada fuimos acercándonos a la entrada con cuidado de no dejarnos arrastrar por el viento hacia las rocas.

          Una vez dentro, controlar la dirección y velocidad de la tabla fue mucho más fácil. A medida que íbamos profundizando en la cavidad la luz disminuía y el sonido del mar embotellado en la cueva iba aumentando. Remando despacio en ese estruendo creciente, bajo rocas que casi tocaban mi cabeza, me sentí como un explorador de un mundo desconocido.

         Normalmente no me habría acercado tanto al final con el ruido tan terrible que procedía del fondo de la cueva, pero decidí seguir poco a poco. Con la adrenalina descargándose suavemente por mis venas, continué remando hasta el estanque donde desembocaba el camino de agua. Nos quedamos allí un buen rato, en silencio, temerosas ante el ruido que sólo era ruido pero que parecía mucho más: el mar recordándonos que es libre y salvaje, la piedra presente y más vieja que el tiempo.


           Un viaje emocionante, y un recordatorio de que a pesar de las verjas y el asfalto vivimos en un mundo extraño dominado por una naturaleza invencible.

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