Cuenta una vieja leyenda que en una antigua ciudad hindú se mantenía una extraña tradición: un día concreto del año, al despuntar el sol, todas los habitantes de la ciudad tapaban los espejos de sus casas con telas y preparaban dos cazos pequeños de barro -uno con pintura blanca y otro con pintura marrón- antes de salir de sus hogares.
A lo largo de ese día en que realizaban vida normal, los ciudadanos portaban consigo ambos cazos, y siempre que se encontraban con un conocido suyo se detenían a su lado para realizar un ritual. Sentados frente a frente, uno de los dos cerraba los ojos y depositaba sus cuencos a ambos lados de sus piernas. Entonces, el otro se manchaba un dedo en uno de los pigmentos y marcaba la cara del contrario: blanco si consideraba que esa persona solía escuchar verdaderamente a los demás, y marrón si sentía que -desde su propia experiencia con ella- ocurría todo lo contrario. Después de limpiarse la mano con algo de agua, el que había pintado ya cerraba los ojos y todo volvía a repetirse a la inversa.
Al no tener durante ese día la posibilidad de verse reflejados en ningún espejo, todos los habitantes de la ciudad podían ver en el rostro de los que por su lado pasaban lo que los demás opinaban de cada individuo, pero desconocían qué llevarían ellos mismos en el rostro y quiénes de sus seres queridos pensarían unas u otras cosas de ellos. Y había un detalle más: antes de cubrir los espejos por la mañana, cada persona había elegido uno de los dos pigmentos para pintarse el centro de la frente y rodearlo de un círculo rojo: todo el mundo podría ver en las caras del resto la opinión propia de cada uno, y el posible contraste o alineación de esta opinión con la del resto de sus allegados.
Al acabar el día, cada individuo retiraba la tela de un espejo y, a solas, estudiaba su rostro marcado.
Los que no se tenían por buenos escuchadores, pero veían en su rostro muchas marcas blancas, aprendían que debían escucharse más y más profundamente a sí mismos. Los que se sabían abiertos y respetuosos, y veían un acuerdo con sus pintores, sentían más intensamente la unidad con ellos y con su propia identidad. Los que se pensaban egocéntricos y descubrían lo mismo en el resto de su cara, podían bien alegrarse por su autoconocimiento, bien reflexionar sobre un posible cambio en su modo de relacionarse. Los que pensaban que sabían escuchar pero habían sido marcados con la sordera, ya estaban empezando a escuchar al contemplar en el espejo las opiniones ajenas.
En esa ciudad la tradición era sagrada y venerada por todos sus habitantes. Aunque exponía al exterior las debilidades de las personas que allí moraban, el dolor y la posible vergüenza tenían el sabor sanador del crecimiento personal y el conocimiento de uno mismo. Siempre al día siguiente, un halo de humildad y buenas intenciones cubría las calles. Los niños se portaban mejor y los adultos sonreían más, y casi en cualquier lugar podía encontrarse una mano amiga o un rostro desconocido amable, más dispuesto que el año anterior a abrir su mente y su corazón al resto.
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