‘Todo es del color del cristal con que se mira’


Hoy he recordado que, de pequeña, solía tumbarme en el suelo con un cojín bajo la cabeza y recorrer los pasillos de mi casa, impulsándome con los pies y mirando hacia arriba. Imaginaba que el suelo era el techo, que yo era la que estaba realmente ‘’arriba’’ y que podía ‘’bajar’’ a pasear por el mundo al revés. Por aquel entonces, por ‘’mundo’’ yo entendía mi casa, y simplemente me parecía algo entretenido imaginar personas caminando por el techo. Pero hoy al recordarlo me he puesto a pensar un poco más sobre ello y me he dado cuenta del enorme poder que tienen los cambios de perspectiva sobre la realidad que percibimos habitualmente (y también me he vuelto a dar un paseito por los pasillos, por los viejos tiempos).

Si lo pensáis, este tema da bastante de sí. Uno puede estar mirando un paisaje, por ejemplo, y ver cosas totalmente diferentes según el punto de vista desde el que esté observando. Es fácil imaginarse que una persona que tuviese un muy mal día no quedaría, probablemente, igual de impresionada que cualquier otra al ser testigo de la delicada y suave belleza de un jardín primaveral japonés, porque seguramente no estaría abierta a disfrutar de ella. Podría, por ejemplo, considerar que la belleza del mundo reflejada en ese jardín es más bien pequeña, y ridícula frente a los problemas cotidianos a los que deben enfrentarse en su vida los seres humanos. Podría pensar que los aspectos bonitos del mundo no merecen la pena, y ver en ese jardín algo desagradable donde las demás personas verían quizás un momento de relax, o incluso arte.

Según el momento y el contexto de nuestras vidas, presenciar un mismo hecho puede afectarnos de forma muy diferente, y según el ejemplo anterior es nuestra mente la que marca esa diferencia. Aquí entra el conocido refrán: ‘Todo es del color del cristal con que se mira’.

Esa persona que ha tenido un terrible día y que está mirando al jardín parece haber hecho una elección consciente, ha sentido rechazo y desilusión ante lo que ha visto porque ella ha interpretado de esa manera lo que estaba mirando, y ante esa interpretación se ha sentido mal. Por ejemplo, puede haber pensado: <<Este jardín que la gente tanto admira y en el que se ha invertido tanto cuidado y esfuerzo, no es nada comparado con todas las personas que mueren al día a un puñado de kilómetros de aquí, y por las que no se hace tanto>>.

Y todos entenderíamos que ese pensamiento le causara tristeza. Pero perfectamente podría haber elegido verlo de otra manera: <<Aunque hay dolor y miseria en el mundo, este jardín es resultado del amor y la dedicación de una persona por el arte, y un ejemplo de la paz y la tranquilidad que la humanidad intenta llevar a todos los países y rincones del planeta. Y es precioso>>.

Y todos encontraríamos normal que, tras pensar eso, sonriese. Así que si se siente mal es culpa suya, porque conociendo ambas formas de procesar la visión del jardín ha escogido quedarse con la mala, porque él ha visto la misma cosa, el mismo hecho y la misma situación que todos los demás. ¿No?
Pues no. Es precisamente ahí a donde voy: hay otra opción que todo el mundo descarta siempre y es que esa persona también podría, simplemente, no haber sido capaz de percibir esa belleza, no haber sido capaz de experimentarla. Porque la belleza es una cosa que se siente, y no que se piensa.

Todas las personas nacemos sabiendo apreciar belleza porque no es algo que se sepa hacer, sino que es algo el ser humano tiene la capacidad de sentir. Hay ideas complejas y abstractas que nos también nos parecen bellas, pero todas ellas responden a las ideas básicas y los conceptos que asociamos de forma innata con la belleza: proporción, complejidad, equilibrio, contraste, etc.

Y como la belleza es algo que se siente y no que se piensa, quizá esa persona deprimida del jardín simplemente no ha sido capaz de apreciarla, directamente, no lo ha visto así. La tristeza que sentía ha modificado su forma de percibir la realidad, ha convertido la ventana transparente a través de la cual observaba el mundo en una pobre réplica de color grisáceo: la elección del cristal con el que miraba ha resultado no ser tan libre como parecía. Aunque, por otro lado, el refrán tampoco hablaba de ninguna elección.

Pensad, por ejemplo, en algún hombre o mujer que os haya atraído alguna vez, y recordad qué sentíais cuando veíais a esa persona físicamente. Aparecía como destacada en vuestro campo de visión, sus rasgos y expresiones más definidos y su voz más clara y audible que las demás, ¿verdad? O cuando vais al supermercado y estáis buscando vuestros cereales favoritos. Cuando los veis, no tenéis que identificarlos comparándolos con los recuerdos que tenéis de ellos en la mente, sino que vais directos hacia la caja en cuanto alcanzáis a ver una esquina del dibujo de la portada. Esto ocurre porque ese trabajo es inconsciente, y lo hace el cerebro por sí solo. Vuestra mente asocia los cereales o la persona que os gusta a cosas buenas o emocionantes, y por eso  percibís esos objetos o personas de una forma físicamente diferente al resto.

Estas asociaciones están en todas partes y no se pueden cambiar así como así, porque por mucho que uno lo intente no puede dejar de interesarse por algo que le interesa o dejar de asustarse por algo que le asusta de un momento para otro. Para eso normalmente se requiere tiempo, y trabajo. Se tiene que enseñar al cerebro a deshacer esa asociación y a crear una nueva de otra naturaleza, basada, ahora sí, en pensamientos y procesos conscientes. Por eso las personas que tienen miedo a los tiburones, por ejemplo, no dejan de temerlos por meterse en una jaula a bañarse con ellos y a ver que ‘’no pasa nada’’, porque ha sido una vez y llevan teniendo miedo toda su vida. Pero sí dejan de sentirse así al cabo de meses, o años, dependiendo de cómo afronten el asunto y de la intensidad y la forma de su miedo.

Por otro lado, aunque no haya habido asociaciones previas, también hay ocasiones en que uno percibe las cosas de aquella manera: suele decirse mucho que cuando uno tiene un mal día lo ve todo gris, y no es simplemente una cuestión de interpretación: realmente lo sentimos todo mucho más gris, y cuando nuestro problema se arregla todo parece literalmente iluminarse: quizás, la persona del jardín, sin elaborar ningún pensamiento previo sobre lo buenas o malas que son las flores para la humanidad, haya pasado olímpicamente de su sutil belleza porque no haya sido capaz de percibirla. Por eso es por lo que la mayoría de las veces sirve de muy poco decirle a una persona que está triste que se anime y que vea el lado positivo: porque para esa persona, en ese momento, el lado positivo simplemente no existe y sus problemas actuales son lo más importante que hay en su vida.

La forma que tenemos de afrontar las situaciones difíciles, tras el paso del tiempo, cambia, pero rara vez en un momento de dolor o desesperación profunda somos capaces de esbozar una sonrisa sincera o de animarnos, porque no nos sentimos así. Por nuestra forma de ser y por cómo entendemos el mundo, así percibimos lo que ha pasado y así nos sentimos en consecuencia de momento (y mientras no acabe todo en una depresión, es un proceso natural que no tiene nada de malo).

Hay experiencias y situaciones que nuestra mente marca como buenas o malas en la memoria. ¿Pero qué pasa con las cosas que ni nos llaman en exceso la atención ni nos parecen especialmente desagradables? ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando miramos una silla? ¿O cuando nos tumbamos en el suelo y miramos hacia arriba, y lo vemos todo del revés? Pasa, que como esas cosas son normales, cotidianas, sí que podemos cambiar nuestra forma de verlas más fácilmente. Yo, por ejemplo, con ‘’imaginar’’ que el techo es el suelo e intentar concebirlo así, puedo ‘’sentir’’ que el techo es el suelo, y sentirme extraña por estar volando a dos metros por encima aunque sólo sea durante unos segundos. Mi mente no está acostumbrada a procesar los objetos que me rodean de esa forma, y por tanto el cambio no es permanente y requiere mucha atención. Pero concentrándome en ello me resulta sencillo pasar a esa forma de ver y experimentar la realidad, como si enfocase y desenfocase unos ojos poco acostumbrados a observar con precisión. Y realmente se siente diferente.

Ahí sí que sí, cuando uno simplemente está observando algo que no le causa una especial impresión o un sentimiento muy fuerte, cuando no tiene una fuerte postura hacia ello o ninguna expectativa o prejuicio, un cambio de perspectiva o cierta forma de pensar influye directamente y con prioridad sobre lo que está viendo y sobre cómo lo está entendiendo. ¡Y es realmente increíble! Sólo con la imaginación, con elegir comprender dónde estamos y quiénes somos de otra forma, podemos catapultarnos a una experiencia vital distinta, un viaje al cielo en el momento. ¿Por qué no aprovecharlo?

Podemos imaginar que nuestro planeta es un pequeño puntito comparado con la galaxia y sentirnos minúsculos, y luego imaginar cómo sería mirar desde los ojos de una hormiga y sentirnos gigantes. Podemos mirar en el cielo las estrellas y pensar en enormes bolas de materia incandescente colgando de la nada. Podemos elegir no ver la gravedad del día a día como algo normal.

Podemos, poco a poco, dar rienda suelta a que nuestra curiosidad y nuestra imaginación nos enseñen otra forma de conocer el mundo, y aprender a abrir la ventana y mirar a través de otros cientos de miles de cristales.

Podemos apreciar en una colmena una jerarquía y un orden social, ver en la luz blanca todos los colores. Podemos intentar hacernos una idea de lo rápido que vamos cuando el coche marca 120. Podemos imaginar que, con cada movimiento, un montón de corrientes eléctricas corren por nuestro sistema nervioso. Podemos pensar en el aire como una sustancia material que siempre nos rodea. Podemos entender las guerras de la historia como la huella de la pasión de los hombres por defender sus ideales y también como un reflejo de sus miedos y emociones más oscuras.

Podemos ver en las personas la experiencia compartida de la vida, sentir la vibración del aire viajando a nuestros oídos al tocar las cuerdas de una guitarra, ver la historia de los árboles en cada papel en que escribamos. Y encontrar, debajo, encima y dentro de cada piedra del mundo la magia de su naturaleza, y apreciar la maravillosa oportunidad que tenemos de disfrutarla.

Abrir, cada día, un poco más los ojos.

Muchas veces hay cosas ante las cuales no podemos elegir cómo sentirnos, situaciones que nos ponen a prueba y sensaciones desagradables que entran pisando fuerte y tardan en irse. Todo eso puede cambiarse, y cualquiera que quiera ser feliz trabajará en ello y en cómo desea sentirse y reaccionar ante la vida. Pero también hay cosas que obviamos, aspectos de la existencia que aún desconocemos y en los que no nos hemos parado a pensar. Mundos enteros que podemos escoger no perdernos.

Podemos elegir dejarnos deslumbrar por la belleza y la diversidad del cosmos, de lo que nos rodea,  por su extrañeza y su normalidad, por su existencia y su procedencia, por todo lo que podamos imaginar, caaada día más. Apreciar, en el pequeño jardín japonés y en mirar el techo desde abajo, la enorme complejidad y belleza de lo que nos rodea, integrarla en nuestra forma de entender el universo y aprender bailar entre los átomos.

https://www.youtube.com/watch?v=wcWD7fERQCc

 Y, como dijo Destin Sandlin, ver el mundo de forma diferente.

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