Siempre que escucho a alguien
decir o veo escrito en algún sitio que ''la verdadera felicidad está
disfrutar de los pequeños placeres de la vida'', se me revuelve el
estómago. Pienso en ese momento que la sociedad de hoy se conforma
con el bienestar fácil y cursi de las tonterías bonitas porque
tiene miedo de o no es capaz de experimentar aspectos más profundos
de la existencia. Sin embargo, dejando ahora atrás una época que ha
sido dura para mí, me descubro apreciando con cariño las pequeñas
cosas, valorando de nuevo la belleza sencilla de los detalles
cotidianos y pensando que esas pequeñeces me hacen apreciar la vida
a una escala cercana y simple que de algún modo me hace sentir muy
bien.
Recuerdos como que a mi hermana
y a mí nos despertara todos los días música clásica a tronel, a
las ocho de la mañana, cuando mi padre se ponía a afeitarse y
encendía la radio antes de llevarnos al colegio. Placeres como el de
llegar a casa del frío de fuera, encender la chimenea, hacerme un té
y sentarme a leer tranquilamente frente al fuego. Simples sensaciones
como la de comer spaguettis con tomate, que saben como siempre pero
siempre están buenos y nunca acaban de cansar.
Me doy cuenta de que, con esto,
percibo dos formas de experimentar la felicidad en el sentido más
físico posible (también estaría el sentido más existencial, pero
ahora hablo más bien de emociones y sensaciones), y ambas tienen que
ver con la consciencia.
La primera consiste en ser
consciente de lo que la gente llama ''las pequeñas cosas del día a
día'': pararse a pensar sobre lo que nos gusta de nuestra vida
cotidiana, normalmente sensaciones físicas, detalles o cosas
sencillas pero agradables. Prestar atención a lo que nos rodea a
diario y nos alegra, y dar valor a todo lo que normalmente damos por
hecho, otorgándole así una posición más importante por ser
conscientes de que podría no estar ahí.
La segunda consiste en, de
alguna forma, conectar con un nivel más abstracto y profundo de la
existencia personal, y ser conscientes de un aspecto de la vida que
nos genera algún sentimiento o pensamiento de gran trascendencia y
complejidad. Es la percepción y comprensión de aspectos más
sutiles y mucho más relevantes de cara al esquema mental que tiene
cada persona sobre la vida, de cara a su forma de ver y entender la
realidad.
Creo que la poca importancia que
generalmente se concede a esta segunda vía es lo que hace que la
defensa absoluta de la primera como panacea para la plenitud humana
me dé tanta rabia. Pero el caso es que, como humanos, no vivimos
siempre en el etéreo mundo platónico de las ideas trascendentales,
a veces vivimos en tierra firme. A veces preferimos salir de fiesta y
emborracharnos como borregos, o ver una película mala, en vez de
reflexionar sobre la complejidad infinita del mundo. Y es normal.
Ambas formas de disfrutar de la
vida forman parte de nuestra manera de percibir y experimentar el
mundo, ambas son válidas y, en mi opinión, ambas son necesarias
para tener una existencia plena y feliz. Nadie puede ni debería
querer vivir eternamente estudiando en una biblioteca y nadie puede
ni quiere pasar toda su vida simplemente jugando a un videojuego y
tomando batidos de fresa en la playa. Solemos querer las dos cosas,
alternamos nuestros hábitos y deseos, desde lo más placentero y
satisfactorio hasta lo más trascendente e inspirador. Vivimos en
permanente ida y vuelta del cielo a la tierra y de la emoción a la
tranquilidad, de la inquietud existencial a la risa absurda.
Pero siempre, siempre, de la
humanidad a la humanidad.
Qué bien me sienta pensar que
ahora voy a meterme en la cama, entrar en calor y pasar un rato
mimando a mi gato antes de dormirme plácida y tranquilamente.
Qué extraño que un montón de
palitos y símbolos, que ni siquiera son de tinta real, estén
llegando hasta tu ordenador, su no-luz hasta tus ojos, y que tengan
más sentido para ti que simples manchas en un fondo claro.
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