Las personas somos seres
cambiantes y emocionales, y como tales oscilamos a menudo entre
distintos estados de ánimo. Cuando nos vemos en situaciones
benévolas o en contextos inspiradores, florecemos, sentimos poder y
una gran confianza en nosotros mismos. Cuando nos vemos en
situaciones complicadas que no habíamos buscado, nos resignamos a
pasarlo mal y a ser menos productivos durante unos días o meses. Y
la mayor parte del tiempo, a medio camino entre ambos extremos, dejamos que
la vida nos lleve mientras pasamos el rato y nos
entretenemos con el día a día.
Pero, ¿qué sentido tiene eso?
Pero, ¿qué sentido tiene eso?
Vivimos en un
continuo sube y baja emocional, sometiendo nuestra conducta a lo
buena o mala que sea la situación en la que nos encontremos. Los
días que las cosas van bien, nos sentimos bien y somos personas ejemplares en todas nuestras iniciativas y decisiones, pero
los días que van mal somos almas en pena, malhumoradas o
abandonadas de nosotras mismas, revolcándonos en nuestro malestar.
Dependemos de lo de afuera para ser una cosa u otra, alguien a
quien nosotros admiramos y con quien nos gustaría
identificarnos, o alguien que no aporta nada, a nadie ni a sí mismo,
y que solamente espera a que pase el temporal culpando mientras tanto
a lo que le atormenta de su comportamiento poco ejemplar.
Somos títeres de la vida,
juguetes. Espectadores. En una vida que no tiene ningún valor.
Una vida que no llena a quien la
vive ni inspira nadie a luchar por ella, vacía, porque es una vida
ajena uno mismo. Uno elige A y no B porque ese día se siente con
fuerzas de actuar bien, de seguir su moral y sus principios, pero en
cualquier otro momento que no se sienta así es posible que elija B.
¿Qué valor tienen el esfuerzo
y la valentía de elegir lo correcto, si sólo se elige la mitad del
tiempo? Cuando hacemos las cosas al revés de lo que consideramos
mejor, cuando damos la espalda a lo que nosotros mismos nos
aconsejaríamos hacer, deshonramos la lucha de nuestro yo del pasado
que puso esfuerzo en ser alguien que valoraba. Es una lucha contradictoria contra el propio ser, cuando estamos
mal y damos la espalda a nuestra responsabilidad para con nosotros mismos, a la autoría de nuestras acciones.
Si no somos el apoyo y la
fuerza en una familia que atraviesa un momento duro, o no luchamos por sacar buena media en los
exámenes aunque quede poco tiempo, o perdemos los estribos en una
discusión, o no somos comprensivos con quien nos hace daño, no es culpa nuestra. Es culpa de ''la situación'', porque ''es muy difícil''.
Cuando uno se mira a sí mismo y
dice: ''yo quiero ser así, estos son los principios por los que
quiero luchar, esta la carta que quiero enviar al mundo conmigo como
remitente'', uno decide lo que le importa en la vida. Que le importa
ser sincero, que le importa ser amable con los demás, que le importa
no rendirse, no odiar, luchar por conseguir los objetivos que quiere.
Eso, como guía espiritual, es a partir de ese momento lo que le
define.
Y también es lo que, cuando uno
se lleva un revés y deja que éste le sobrepase, abandona. A sí
mismo se abandona.
La felicidad y la
autorrealización no son metas que sólo puedan alcanzarse en ciertos
contextos y situaciones, en una posición económicamente estable o
en un ambiente de respaldo y apoyo por parte de seres queridos. La
lucha por llegar a ser lo que uno desea es interna, y no se trata de
una decisión de un único momento, sino de una elección constante
de respuesta ante lo que la vida nos brinda. La vida nos pone en un
contexto, nos pregunta cómo queremos responder y nosotros
respondemos con nuestro comportamiento, con nuestras decisiones.
Ser y vivir como uno desea
hacerlo es cosa del momento. No importa si en un pasado uno lo fue y
ahora no lo es, no importa que ahora lo sea y que en un futuro no
vaya a serlo. No importa, porque ser quien uno es es cosa del
presente, el pasado y el futuro son irrelevantes a ello. No tiene más
valor haber sido mucho mejor que el vecino en otros tiempos el día
que se elige abandonar. No tiene más valor, de hecho, ser lo mejor
que uno puede ser en este instante, no lo tiene para nadie más que
para uno mismo, el que lo vive, el que lo siente.
Las personas que eligen defender
cómo quieren responder ante la vida a viento y marea lo hacen porque
eso les brinda la felicidad y la satisfacción de saberse dueños de
sí mismos.
Y las que eligen vivir en
contexto, sujetas a los devenires del mañana, se dejan llevar.
Disfrutarán más o menos, pero se dejan llevar. Por eso, el día que
el río de la vida les tire por una catarata, caerán inertemente
hasta el embalse de abajo. Y si una vez dentro de los pocos metros
acuosos que separan el aire del suelo eligen no nadar, y seguir
dejándose arrastrar por el peso del agua, llegaran hasta el fondo y
se la darán bien dada.
No es la caída lo que mata,
sino el aterrizaje. No es el revés lo que hunde, es el abandono del
barco. No es la suerte lo que nos hace felices, es la elección y la lucha en el desafío de
serlo.
Hasta en un campo de
concetración, una persona puede encontrar en sí misma la libertad
de responder como le dé la gana ante lo que se le venga encima, y
sentir que su vida tiene sentido. No antes cuando vivía cómoda y
confortablemente en su vida pasada, no dentro de unos días cuando
acabe muerta en una cámara de gas. Ahora, en ese mismo instante.
Incluso cruzando la entrada a
las duchas mortíferas, se puede entrar con paso firme.
Todo es cuestión de elegir.
Elegir de dentro a dentro, por y para uno mismo. En cada momento.
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